El ser humano, por su mera condición precisamente humana, necesita de ciertas cosas o acciones que repite desde que empezó a vivir y relacionarse. Una de ellas es creer en algo o alguien. El ser humano necesita creer en “eso” superior, inalcanzable, incomprobable y muchas veces inentendible. Y el hecho de crearse sus propias creencias va seguido del fanatismo, de la pasión y de la consecuente comparación entre dos o más creencias. Y por más que en muchos casos las dos posturas puedan tener fundamentos totalmente válidos hay algo (o mejor dicho algunos) que no resisten ninguna discusión. Todo este extenso prólogo es para plantear la comparación derivada de la increíble rivalidad que desarrollaron en los últimos años Roger Federer  y Rafael Nadal. Dos “monstruos” de un deporte hermoso llamado tenis.

Pero el caso del español y el suizo no es una más de esas “cosas” que crea el ser humano (en la gran mayoría de las veces envalentonado por los dichos de algún que otro periodista de turno). El duelo es real y único. Estos dos tipos nos enseñaron lo que la palabra rivalidad representa en un deporte individual, con grandes dosis de egoísmo.  El primero en irrumpir en el circuito fue el oriundo de Basilea pero rápidamente se empezó a gestar algo con su par de Mallorca. Casi sin darse cuenta comenzaron a cruzarse en las rondas decisivas de los diversos torneos para pasar en poco tiempo a dejar sus nombres inmortalizados en los tableros de las finales de los Grand Slams.

Independientemente del resultado y del puesto en el ranking Roger y Rafa les regalaban (o mejor dicho nos regalaban) a los amantes del tenis partidos memorables, verdaderas demostraciones de competitividad y superación de la adversidad con puntos que rozaban la perfección. En resumen, nos regalaban algo que muchos de nosotros nunca habíamos visto.

Pero como no hay ser humano o casi Dios que escape al paso del tiempo ellos comenzaron a bajar la marcha y aparecieron un tal Novak Djokovic y un tal Andy Murray para constituir en primer lugar el Big 4 y luego robarles las posiciones de vanguardia y los encabezados de los diarios. Esto parecía el fin de una era, una era muy fructífera si de partidazos se habla. Pero estos dos muchachitos no tan muchachitos tenían algo más para ofrecer. Las lesiones oscurecían el panorama para ambos. Federer se operaba de la rodilla mientras que Nadal sufría distintas dolencias que le impedían alcanzar su más alto nivel. Pero el 2017 sería diferente.

Australia era el escenario que recibía a estos personajes que parecían acabados. Pero ronda tras ronda el sueño y la posibilidad caminaban cada vez más por la misma vereda. Hasta que el domingo 29 de enero todo pareció volver a la normalidad. Rafa y Roger – Roger y Rafa. Final. Punto final.

El partido fue una vuelta a esos momentos aparentemente perdidos en el recuerdo. La estadística dirá que el suizo derrotó al español pero eso a nosotros poco nos importa. Porque la “panzada tenística” (si se me permite el invento del término) que nos dimos aquel domingo fue inigualable. A los pocos meses el Masters 1000 de Miami los volvió a cruzar para ratificar definitivamente que los flashes de las cámaras y los títulos de los periódicos del mundo volvían a buscar sus figuras.

Se dice que uno es el mejor de la historia pero el historial reza 23-14 a favor del otro. Se dice que uno es el único que obtuvo 10 veces el mismo torneo pero el otro es el máximo ganador de Grand Slams de todos los tiempos. Sacando la cuestión matemática, en mi humilde opinión estos dos son como los buenos vinos: cuantos más viejos se ponen, mejor son. Sea cual sea la elección personal de quien lea estas líneas disfrutemos de estos dos seres humanos (superiores tenísticamente hablando) que lograron demostrar que el esfuerzo, la constancia y la humildad permiten que los seres humanos se arrimen a la aventura de ser dioses.

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