Dicen que cuando alguien es periodista (o intenta serlo como es mi caso) tiene que ser lo más objetivo posible a la hora de informar sobre tal o cual hecho, dejando de lado las subjetividades. Más allá de que resulta muy difícil poner en práctica esta “máxima” del periodismo debido a que todo ser humano es indefectiblemente sujeto y por lo tanto subjetivo, en esta oportunidad me voy a tomar el atrevimiento de ponerme del lado de los sentimientos, de las opiniones y de la camiseta casi de manera exclusiva.

Los “fríos” datos estadísticos dicen que Gustavo Fernández perdió la final masculina de silla de ruedas de Wimbledon ante Stefan Olsson por 7-5, 3-6 y 7-5 en una hora y 57 minutos de partido. Que en el último set el parcial fue 5-3 a favor del argentino. Y que sirvió para campeonato y no logró quedarse con el título. La sonrisa forzada y la medalla en la mano junto al sueco vencedor son el retrato final de un match increíble.

Y fue increíble más allá de lo estrictamente tenístico, con los quiebres de saque, los excelentes golpes y los giros en el marcador que se sucedieron en el desarrollo. Fue increíble porque para cualquier otro mortal sería imposible siquiera pegarle a la pelota estando en una silla de ruedas. Y estos tenistas hicieron mucho más que eso.

Ni la posibilidad de que Roger Federer alcance su octavo Wimbledon ni la final junior de Axel Geller, una de las promesas de nuestro tenis, hicieron que mi atención se alejara del court 3 del All England Lawn Tennis and Croquet Club. Porque después de mucho tiempo viví un partido de tenis con la intensidad con la que primariamente me acerqué a este hermoso deporte. Y eso fue porque veía a un “tipo” que se rompía el alma para llegar a cada pelota (terminó literalmente tirándose de cabeza en una volea en el primer set), que superaba incapacidades físicas y ponía sus cuantiosas virtudes al servicio de un fin tan grande como ganar el torneo más importante del circuito. Insisto: si cualquiera de nosotros intenta sentarse en una silla de ruedas a jugar al tenis podría estar toda una vida justamente intentando. Gustavo Fernández lo hace fácil. Sacar, moverse con una naturalidad impresionante, desplegar un revés que por momentos parecía el del suizo que jugaba en la cancha central. Algunos de los aspectos que sobresalen del juego del actual número 1 del ranking.

Desde la vanidad que me permite escribir lo que siento voy a resumir todas esas sensaciones encontradas en dos palabras: admiración y agradecimiento. Admiración por ser un ejemplo de superación ante un impedimento físico. Admiración por tener un espíritu competitivo y una fortaleza mental enormes. Admiración por ir en busca de un sueño y cumplirlo. Admiración a un gigante al que le debo un agradecimiento por demostrarme (y creo que también demostrarnos) que nada es imposible.

Foto:  AELTC/Ben Queenborough.

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